Entra a un laberinto de neón y recolecta luz. Sin cronómetro, sin forma de perder.
Una cabra camina hacia el borde brillante del mundo, y tú decides hacia dónde gira. Avanzas por tu cuenta. Toca el lado izquierdo de la pantalla para girar a la izquierda, el lado derecho para girar a la derecha; ese es todo el control. Recolecta la luz esparcida por el laberinto y el orbe en la panza de la cabra brillará más. No hay puntuación en la pantalla: el orbe es la puntuación. Mantén presionado para detenerte. La niebla se disipa, la luz suelta flota hacia ti y las criaturas de por ahí notan que te has detenido. Detenerse a mirar es lo más gratificante que puedes hacer. Cinco profundidades, cada una agrega algo nuevo. El Umbral tiene pasillos abiertos y luz abundante. La Celosía agrega hilos brillantes por el suelo, cada uno lleva a un lugar al que vale la pena llegar. La Corriente agrega pasarelas móviles que te transportan. Los Portales te lanzan a un lugar desconocido del mapa. Y El Borde elimina las paredes por completo: un espacio abierto, disperso y muy silencioso. Recolectar luz abre la grieta a la siguiente profundidad, y las profundidades que alcanzas se quedan desbloqueadas, así que en una caminata posterior puedes empezar desde donde llegaste. Hay doce maravillas esparcidas por ahí —una criatura que se gira y te mira, un arco que se ilumina cuando pasas por debajo, algo enorme flotando sobre tu cabeza— y el juego recuerda cada una de las que has encontrado. Nada puede hacerte daño. Sin cronómetro, sin enemigos, sin estados de fallo, nada que te persiga. Una caminata termina cuando eliges Volver a casa, y detenerse nunca es perder. El progreso se guarda solo.